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Las pantallas, el gesto y la emoción

Esta suerte de ensayo fue mi trabajo final para un seminario que cursé hace un par de meses, en el que intenté plasmar no solo lecturas sino reflexiones sobre las pantallas y si hay posibilidad de experimentar la emoción aún en situaciones de ceguera. El contexto que condicionó absolutamente esas reflexiones fue la vida y el trabajo a lo largo de 18 meses de habitar la pandemia en fase uno.

Las pantallas, el gesto y la emoción

Ojos-hojas de Rocío,
ojos del atardecer,
ojos que se inventan mundos,
ojos de mirar y ver

Didi Grau

Arriesgo una hipótesis: “creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”. Estar ciegos tiene relación con la vista, obviamente, pero me gusta su acepción más general, que va ligada a un ejercicio más comprometido de la percepción. Esa sutil y abismal diferencia entre ver y mirar, y todo lo que viene por extensión después de haber puesto en la mirada, no el simple funcionamiento de un sentido, sino un acto de elección y atención acerca del objeto a mirar. En el trayecto que conecta el ojo que mira con el sujeto mirado es donde puede acontecer la emoción, el gesto. Y es, por tanto, razón suficiente la ausencia de conexión para que la emoción no emerja en lo absoluto. Y una pregunta apoyada en una certeza para la que busco argumentación: ¿si hay conexión puede estar apoyada en otro tipo de mirada? ¿podemos ser ciegos que, no viendo, veamos? ¿puede la emoción brotar de la mirada aunque la vista falle?

Intentaré a lo largo de este texto algunos ensayos de reflexión sobre esta idea porque de alguna manera puede ser la explicación a esa falta de conexión/emoción que para muchas y muchos ha marcado esta época de pandemia: encierro, soledad, la falta de presencialidad que en muchos casos solo permitió el encuentro mediado por pantallas y la incertidumbre acerca de si ellas pueden permitir una real conexión. El puntapié es el libro “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, una novela en la que el autor intenta imaginar un mundo donde una ceguera repentina e inexplicable se extiende a lo largo de la población mundial y cómo la humanidad en general y un grupo de seis protagonistas en particular se acomoda a este nuevo escenario. De esta novela obtuve la cita con la que inicia este texto: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven” (las mayúsculas son del autor).

El segundo puntapié es la película “Ceguera” (Blindness), basada en el texto de Saramago, replica la historia adaptándola con bastante precisión en su argumento pero distanciándose enormemente en el particular modo que Fernando Meirelles tiene de mirar la escena, el mundo y a los protagonistas. De la mirada que nos propone en su perspectiva como director.

También enmarcan mis reflexiones algunas otras lecturas más o menos formales, más o menos asociadas libremente, que tuvieron lugar en el marco del Seminario de la Especialización en Lenguaje y Comunicación Digital de la FCC (UNC): “Semiótica de la Cultura y de la Comunicación: Una incursión semiótica al gesto y a la emoción”, a cargo de María Victoria Ferrara, que tuve el placer de cursar hace un tiempo. Al fin, después de tantos años, pude sacarme las ganas de leer a John Berger y su “Modos de mirar” cuyo primer capítulo recomiendo incansablemente por la belleza con la que define el poder y la fuerza de la imagen en función de la mirada, miren si no: “Cuando se ama, la visión del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna palabra ni ningún abrazo puede igualar: un carácter de absoluto que solo el acto de hacer el amor puede alcanzar temporalmente”. Hace también algunas reflexiones sobre la reproducción del arte, el poder del lenguaje de la imagen y las limitaciones con las que insisten los derechos de propiedad intelectual, que es un tema que me fascina y me alucina, sobre todo, haber encontrado en Berger a un cómplice con su mirada crítica y política, pero que excede el tema de este texto, así que recuperaré en algún otro relato.

Por último, influyeron en mí algunos otros autores del seminario y otras lecturas queridas que recuperé por puro placer, al sentir que se alineaban espontáneamente con los conceptos de este ensayo, como el libro álbum “Ojos de mirar y ver” de Didi Grau y Paula Adamo de donde obtuve la cita inicial o el libro de relatos “Extraño oficio” de Tere Andruetto.

Mi motivación: una suerte de obsesión por las pantallas a través de las cuales he mirado el mundo y a la gente, a través de las cuales he trabajado, me he vinculado, he hecho compras, he estudiado, he dado charlas y asistido a encuentros, durante los últimos dieciocho meses (de marzo 2020 a septiembre 2021). La ventana al exterior mediada por el particular filtro de una cámara web de calidad dudosa, a veces auxiliada por el poder 4k de un celular conectado como intermediador. ¿Cómo funcionan conceptos como los de perspectiva, composición, formato pero sobre todo los de mirar y ver en estas condiciones y en relación a las posibilidades de realmente conectarnos a las personas que nos rodean y habilitar el gesto: la emoción? ¿Funcionan?

la ceguera iba extendiéndose, no como una marea repentina que lo inundara todo y todo lo arrastrara, sino como una infiltración insidiosa de mil y un bulliciosos arroyuelos que, tras empapar lentamente la tierra, súbitamente la anegan por completo

Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago

Así llegó la pandemia, una infiltración insidiosa que anegó por completo la vida cotidiana del mundo. En el libro de Saramago la ceguera se extendía entre la población por el mero contacto entre las personas. La ¿solución? fue juntar a los ciegos en espacios comunes y alejarlos del resto de la población. En nuestra propia pandemia el virus también se extendía por el mero contacto pero la solución fue separarnos, establecer la distancia como esperanza de seguridad y cuidado. En la novela y la película los protagonistas, juntos pero ciegos se enfrentaron a una pérdida de su humanidad. “Somos como otra raza de perros, nos conocemos por la manera de ladrar, por la manera de hablar, lo demás, los rasgos de la cara, color de los ojos, de la piel, del pelo, no cuenta, es como si nada de eso existiera”, dice y también: “Puede que la humanidad acabe consiguiendo vivir sin ojos, pero entonces dejará de ser la humanidad”. Como si de alguna manera la humanidad estuviera ligada a la vista, pero no solo a la capacidad de vernos, sino de elegir vernos: de mirarnos, como dice Aumont: “la mirada se distingue de la simple visión en que emana del sujeto que percibe, de manera activa y más o menos deliberada”. (…) “La pulsión escópica, que plantea la necesidad de ver, esta pulsión se divide en un fin (ver), una fuente (el sistema visual) y, finalmente, un objeto. Este último, que es, recordémoslo, el medio por el cual la fuente alcanza su objetivo, ha sido identificado por Jacques Latan con la mirada. Es comprensible que este concepto de pulsión escópica, que implica la necesidad de ver y el deseo de mirar, haya encontrado una aplicación en el campo de las imágenes” (Aumont). Me pregunto entonces si las pantallas, esa lente por la que miré por tantos meses el mundo, y lo que las pantallas muestran (mis compañeras de trabajo, talleristas, compañeros de activismos, amigas y amigos, colegas editores, estudiantes, hombres, mujeres, niñes… gente, personas, humanos) pueden o podrían analizarse como imágenes. Si vivir con ojos, pero que miran a través de las cámaras y las señales de internet, nos permitirían conservar nuestra humanidad. Si la emoción y el gesto, (y la conexión que los despierta) puede sobrevivir con esta mirada tibia, estrábica, desfasada, interrumpida, desconectada, pixelada, congelada.

Quiero fuerte pensar que sí, pero no puedo dejar de reconocer los muchos problemas que atravesamos para la conexión genuina en estos tiempos de virtualidad. Los problemas técnicos, de banda de ancha, la mala calidad de las cámaras web, las malas condiciones de iluminación que ayudan poco, la sobre exigencia de nuestros dispositivos, las herramientas mal elegidas (como algunas plataformas de streaming que para enfocar en el vivo a la persona que habla, retira a los otros personajes de la charla y dejan a la persona que habla, sola, mirándose a sí misma en la pantalla, sin interlocutores a quienes dirigirse, con el desconcierto y la falta de conexión que eso implica) entre tantos otros. Pero particularmente me llamó la atención algo, no necesariamente evidente, no al menos hasta que me puse a reflexionar al respecto. Nunca vemos a los ojos a la persona con la que nos conectamos en una videollamada. O mejor dicho: nunca “nos” vemos a los ojos “con” la persona con la que nos conectamos. Puedo yo ver los ojos de la persona que tengo en la pantalla, pero esa persona no se está sintiendo mirada por mí, puesto que mis ojos apuntan a un lugar random de la pantalla, allí donde yo veo a la otra persona. Para que ella pudiera sentirse mirada por mí, yo debería dirigir mi mirada directo a la cámara, o sea, a un pequeño punto que no tiene ningún sentido para el intercambio. En ese caso, la otra persona sentiría sobre sí misma mi mirada de manera precisa y dirigida pero yo no sentiría estar mirándola a los ojos, sino ese desconcierto del que hablé antes. Se trata de una imposibilidad insuperable. Hace un tiempo participé de una charla TEDx, en su edición virtual 2020 signada por la pandemia. La preparación y acompañamiento del equipo organizador incluyó un entrenamiento y una apuesta por el ensayo. No solo debíamos tener claridad sobre lo que diríamos sino que debíamos pensar en el vínculo ¿ficcional? con quien estaría mirando. Debíamos ensayar mirando un punto fijo que el día de la grabación sería el lente de la cámara. Para intentar ‘conectar’ la mirada con quien, del otro lado de la pantalla, viera la presentación. El ensayo como una forma de imitación de ese mirar, para lograr la empatía, el gesto, la emoción. Es un hecho: no podemos mirarnos a los ojos en la virtualidad. ¿Cómo entonces establecer una mirada que habilite la conexión y por tanto, el gesto, la emoción?

“los sentimientos con que hemos vivido y que nos hicieron vivir como éramos, nacieron de los ojos que teníamos, sin ojos serán diferentes los sentimientos, no sabemos cómo, no sabemos cuáles, tú dices que estamos muertos porque estamos ciegos”. Me pregunto, si no somos capaces de mirarnos a los ojos, entonces… ¿estamos ciegos?

Captura de “Blindness”. Fuente: https://www.imdb.com/title/tt0861689/mediaviewer/rm2317456896/
Captura de Blindness. Fuente: https://www.imdb.com/title/tt0861689/mediaviewer/rm4037217536/

los ojos propiamente dichos, no tienen expresión, ni siquiera cuando han sido arrancados, son dos canicas que están allí inertes, los párpados, las pestañas, y también las cejas, son los que se encargan de las diversas elocuencias y retóricas visuales, pero la fama la tienen los ojos

Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago

Pienso si no hay ahí una similitud con estas épocas tan centradas en lo visual. La fama la tienen los celulares con mejores cámaras, los televisores más grandes, la fama la tienen las herramientas que permitan la mejor imagen. Y esta vez la imagen fuimos/somos nosotros mismos. “Poco después de ver, nos damos cuenta de que también podemos ser vistos. El ojo del otro se combina con el nuestro para dar plena credibilidad al hecho de que formamos parte del mundo visible” (Berger). Entonces jugamos dos roles, de un lado y otro de la pantalla/cámara. Somos el artista/fotógrafo que compone el lienzo: el escenario que verá el otro en su pantalla, qué tendremos detrás como escenografía, la altura de la cámara, la perspectiva, el encuadre, la composición (si es vertical en el celular u horizontal) la iluminación o penumbra y finalmente el retrato: nosotros mismos. A la vez somos la imagen que verá el otro. Recuadros, cuadrados, ventanas en una pantalla donde compartimos un encuentro, cada uno en su casillero.

Backstage de una charla virtual en mi casa, 2021. Foto: Barbi Couto.

“Barthes opone dos maneras de aprehender una (misma) fotografía, lo que llama foto del fotógrafo y foto del espectador. La primera utiliza la información contenida en la foto, signos objetivos, un campo codificado intencionalmente, dependiendo el conjunto de lo que llama el studium; la segunda utiliza el azar, las asociaciones subjetivas, y descubre en la foto un objeto parcial de deseo, no codificado, no intencional, el punctum. La ‘foto del espectador’ añade a esta primera relación una relación plenamente subjetiva, en la que cada espectador se recluirá de manera singular, apropiándose de ciertos elementos de la foto, que serán, para él, como pequeños fragmentos sueltos de lo real” (Aumont). Seremos entonces ¿fragmentos sueltos de lo real? ¿copias fantasmas? Intangibles, traslúcidos, píxeles congelados de nosotros mismos…

Entonces, de pronto, la estética ya no importa. “Si acabamos todos ciegos, como parece que va a ocurrir, para qué queremos la estética” se pregunta un personaje del libro y en nuestra realidad anduvimos todos en pantuflas o pijamas por meses, cuidando quizás como mucho el maquillaje o la prenda que rodea el cuello y sale en cámara. O mejor, para qué molestarnos, apagamos la cámara para una mejor conexión (aunque los motivos sean otros) y cerramos los ojos, los nuestros y los del que mira también, que solícito enseguida se suma a la apagada de cámara para mejorar el ancho de banda y escucharnos mejor. ¿“no tengo derecho a mirar si los otros no me pueden mirar a mí”? (los signos de interrogación son míos).

Captura de una de las ‘video’conferencias del 2020

Sin embargo, como dije antes, pasé los últimos dieciocho meses mirando el mundo a través de la pantalla y de la cámara. Y en esos encuentros virtuales compartí momentos triviales, intrascendentes pero también ‘conecté’ con muchísima gente, viví emociones y el gesto del abrazo, la mirada cómplice, la alegría se replicó en decenas de encuentros por mucha ceguera. La presencialidad, la corporalidad que da la presencia agrega un valor que ninguna cámara puede captar, sin embargo hay una humanidad posible en la virtualidad.

“hasta en los peores males es posible hallar una ración suficiente de bien para que podamos soportar esos males con paciencia”. ¿Cómo puede la virtualidad transmitir la conexión por las pantallas entonces? Será la voz… y entonces los podcasts y los audiolibros crecen exponencialmente en su consumo. Será que resignamos la cámara porque estamos ciegos o apagamos la cámara para escucharnos atentamente y entonces la ‘mirada’ atenta y dirigida cambia de ruta… ¿Podemos mirar/nos sin usar la vista?

Captura de Blindness. Fuente: https://www.fotogramas.es/peliculas-criticas/a289066/a-ciegas-blindness/

Tuvieron esta conversación cara a cara, los ojos ciegos de uno clavados en los ojos ciegos del otro, los rostros encendidos y vehementes, y cuando, por haberlo dicho uno de ellos y por quererlo los dos, concordaron en que la vida había decidido que vivieran juntos, la chica de las gafas oscuras tendió las manos, simplemente para darlas, no para saber por dónde iba, tocó las manos del viejo de la venda negra, que la atrajo suavemente hacia sí, y se quedaron sentados los dos, juntos, no era la primera vez, claro está, pero ahora habían sido dichas las palabras de recibimiento.

Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago
Captura de Blindness. Fuente: https://www.fotogramas.es/peliculas-criticas/a289066/a-ciegas-blindness/

Los primeros meses de la pandemia, abrumada por las noticias que rodeaban a algunas plataformas de videoconferencias en relación a la pérdida de privacidad y problemas de seguridad me acerqué a Jitsi Meet, una herramienta para estas mismas funciones pero desarrolladas con software libre. Aprendí, me sumé a grupos de usuarios que aprendían juntos a usar la herramienta y a potenciar sus posibilidades. Y muy pronto empecé yo misma a enseñar lo que había aprendido. Hice videollamadas/tutoriales con gente de todo el país que necesitaban aprender a usar herramientas seguras. Me contaban para qué la usarían mientras ensayábamos las funcionalidades y probábamos los botones. Silvia Katz en Salta la usó para dictar talleres de arte para chicos de su ciudad. Así se gestó el libro “Navegantes. Crónicas de la pandemia desde un puerto siempre azul”. Hubo dibujos, poesía, conversación, diversión, disfraces, máscaras, juego, arte. El gesto, la emoción, la alegría: presentes.

Captura de videoconferencia/taller de arte para chicos, 2020. Fuente: https://www.facebook.com/lasilviakatz/posts/3142356309149442

Los encuentros, jornadas, ferias, presentaciones de libros, simposios se mudaron a la virtualidad con pesar de muchos, y esfuerzo de tantos más. Lo que iba a ser una ronda de conversación en el Simposio de Bariloche para compartir experiencias de lectura y recuerdos sobre la obra de Louisa May Alcott “Mujercitas”, fue una tarde común y corriente robada a la cotidianeidad, cada una desde su ciudad, Bariloche presente solo en un marco virtual muy injusto para todas las que añorábamos viajar. Pero la palabra, embebida de nostalgia, los recuerdos, el empoderamiento de la mujer, la emoción y el encuentro no faltaron.

Captura de encuentro taller Mujercitas, Simposio de Lij, Bariloche, 2021.

La presentación del libro “El nombre verdadero” de Alejandra Correa y Matías Acosta, coeditado por La Gran Nilson y Ediciones de la Terraza, se presentó en la virtualidad. El evento permitió el encuentro simultáneo desde Buenos Aires, Córdoba, Paysandú y Entre Ríos con gente mirando desde todo el país, artilugios poco probados previo a la pandemia, la forma de viajar del 2020, y podría seguir por horas compartiendo eventos signados por la emoción.

Captura de presentación “El nombre verdadero”, 2020. Ver presentación: https://www.facebook.com/EdicionesDeLaTerraza/videos/678530402753313
Captura del taller que compartimos con Tres Tigres Teatro previo al Día de la Memoria, marzo de 2020.
Incluso mi cumpleaños número 43, rodeada de amigas, poesía y magia, agosto 2020.

la chica de las gafas oscuras dijo, Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos

Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago

Uno de los textos que más me gustó de los que leí para esta reflexión fue de Gadamer: “(la tradición humanista) nos plantea, por su parte, el mismo dilema del ser humano: cómo es que nos conocemos y que nos desconocemos en esa tensión de naturaleza y espíritu, de animalidad y divinidad que constituye al ser humano, un ser escindido que se une y nunca se deja separar, que atraviesa, de modo enigmático, como una gran corriente natural, nuestro comportamiento más propio, más personal, anímico y espiritual, y que hace consonar armónica-disarmónicamente lo inconsciente de nuestro ser natural con lo consciente, con el ser tomado y querido”. Me gustó ese planteo de ‘humanidad’ a mitad de camino entre lo animal y lo divino, entre la naturaleza y el espíritu. ¿Quizás entre el simple sentido de la vista y el acto de “mirar”? “Solo vemos aquello que miramos” dice John Berger. “Y mirar es un acto de elección. Como resultado de este acto, lo que vemos está a nuestro alcance, aunque no necesariamente al de nuestro brazo. Tocar algo es situarse en relación con ello (…) Nunca miramos solo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos. Nuestra visión está en continua actividad, en constante movimiento, manteniendo siempre las cosas dentro de un círculo alrededor de ella, constituyendo lo que está presente para nosotros tal cual somos”.

Para nosotros, tal cual somos. Gadamer sigue: “El ensombrecimiento, la tiniebla, la locura, la desgracia, la enfermedad, la muerte, el amor, el odio, el entusiasmo, la ostentación, los celos, todo el enorme panóptico de las penas y las pasiones humanas que los griegos experimentaban como la realidad de las figuras divinas, tampoco es para nosotros nada desconocido. Lo que nos habla desde el mito griego es la experiencia fundamental, conocida para todos nosotros, de que algo le sobreviene al ser humano, y cómo le sobreviene. (…) En el gesto, lo que él expresa está ahí, como suele decirse. Los gestos son algo enteramente corporal, y son algo enteramente anímico. No hay un interior distinto del gesto y que se revele en él. Lo que el gesto dice como gesto es todo su propio ser. De ahí que todo gesto esté, a la vez, cerrado de una manera enigmática. Revela tanto como contiene de su secreto”.

Confieso que no sé si, después de este largo recorrido, he logrado una argumentación que logre lo que pretendí al comenzar este andar de preguntas y reflexiones: ¿podemos ser ciegos que, no viendo, veamos? ¿puede el gesto, la emoción, que emergen de una conexión genuina entre dos personas, aparecer en miradas separadas por pantallas en la virtualidad? Yo creo que sí puede. No tiene la fortaleza, la magia o el brillo intenso y profundo de las miradas de los protagonistas al final de la película, cuando recuperan la vista y se re-conocen por primera vez, y se abrazan y sienten que todo es un nuevo comienzo, pero sí permite la conexión, el gesto y la emoción.

A mitad de 2020 cumplí años y mi mejor amigo llegó un día de imprevisto y tocó el timbre de mi casa para dejarme de regalo la mitad de la torta de su cumpleaños que había sido el día anterior. Abrí la puerta, nos miramos, él amagó un abrazo, yo di un paso atrás, instintivo, prudente, él se frenó y yo sentí un frío que me recorrió el cuerpo de punta a punta. La conexión que logramos con la mirada de ese día se quedó corta, sin abrazo, y este hecho para mí marcó la fragilidad de la virtualidad. Sin embargo, con él hemos tenido incontables videoconferencias a lo largo de la pandemia, de trabajo, de catarsis, compartiendo cervezas, jugando rol, resolviendo problemas técnicos, aprendiendo juntos, compartiendo el rato, viviendo la amistad a pleno, de hecho con mucha más frecuencia que antes y esa fue para mí la fortaleza de la virtualidad. El gesto puede estar, el de reconocer al otro, decidir mirarlo y entonces ver.

Para cerrar este artículo quiero despedirme con un fragmento del relato “Esperando a los bárbaros” de Tere Andruetto de su libro “Extraño oficio”.

Bárbaro es el término que utilizaron los griegos y después los romanos para designar a esos otros ajenos a su cultura. (…) Una sucesión de Otros empobrecidos, robados, asesinados o desaparecidos, hasta que lo oculto, lo negado, comenzó a hacerse visible. Si una palabra pudiera resumir estos y otros muchos hechos y también los últimos años de nuestra vida social, esa palabra sería mirar. Mirar hasta ver. No se trata de lo nuevo, sino de lo antiguo, de lo que siempre estuvo ahí, esperando ser visto. Tal vez por eso, tenemos la impresión de habitar en un laboratorio de revelado fotográfico -un laboratorio a la antigua- en el que, bajo ciertas combinaciones, compuestos y acciones, comienza un proceso de visibilización, donde todo parece nacer otra vez, de modo nuevo y con un sentido distinto

“Esperando a los bárbaros” en Extraño oficio, de María Teresa Andruetto.

Referencias principales

  • Andruetto, María Teresa (2021). Extraño oficio, 1ra edición. Buenos Aires: Penguin Random House.
  • Aumont, J. (1992). El papel del espectador. En La imagen. Paidós. pp. 81-101
  • Berger, J. (1974). Modos de ver. GG.
  • Gadamer, H-G. (1996) Imagen y gesto. En Estética y hermenéutica. Tecnos-Alianza.
  • Grau, Didi (2017). Ojos de mirar y ver, 1ra edición. Córdoba: Ediciones de la Terraza.
  • Meirelles, F. (2008). dir. Blindness [Ceguera]. Perf. Julian Moore, Mark Ruffalo. Coproducción Brasil-Canadá-Japón; Alliance
  • Saramago, J. (2000). Ensayo sobre la ceguera. Alfaguaradom House.
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