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Lista para no morir de tristeza en otoño

Hoy vengo con este posteo que consiste en hacer una lista: La lista de cosas que me hacen feliz para no morir de tristeza en otoño.

Y con este posteo tengo dos objetivos:

  1. Convencerles de que una lista puede tener dos ítems y no perder en lo más mínimo su cualidad de ser una lista.
  2. Convencerles de que este no es un posteo de autoayuda o que no es al menos mi intención. 

El tema es que hace años descubrí que odio el otoño, con toda la intensidad de mi alma, aún más que el invierno que es una estación todavía más horrenda, pero al que detesto es al otoño y creo que es por estas dos razones:

  1. Cada año, en cuanto empiezan esos días odiosos donde hay que tener a mano remera, pullover y campera por las dudas y hace frío y calorcito y viento y llovizna… cada año en esa época que puede ser marzo o abril, este año fue mayo, me enfermo. Alergia, cama, incluso bronquitis y alguna vez neumonía. Es como que la promesa del año escolar arranca diciéndome: sos frágil, solo lo peor del año está por venir.
  2.  Los días grises, la llovizna plomiza, tener que secarme el pelo con secador, tener que dejar de caminar en pata, guardar las soleras, el final de las vacaciones, las ofertas de útiles escolares en todos los negocios, los anocheceres llegando más temprano, los anteojos empañados de llovizna, cada signo del otoño en puerta es, para mí, dar un paso más profundo en los pantanos de la tristeza, sí, los de la historia de Artax y Atreyu.

Nunca he logrado decidir si me enfermo porque estoy triste o estoy triste porque me enfermo pero es en esta época del año en la que empiezo a añorar el verano con la misma intensidad que Olaf, el muñeco de nieve de Frozen. Fue así que, cuando empezaron las primeras señales de otoño este año, esperando el colectivo para ir a trabajar, decidí que este año debía tomar alguna medida al respecto. “Tengo que hacer una lista, una lista de cosas que me hagan feliz para no morir de tristeza en otoño”, me dije con convicción. Empecé esta lista en marzo, con los primeros fríos. Pensé en las cosas que me hacen feliz y si aplicaban a esta causa. El problema es que la mayoría de cosas que me hacen feliz o no son posibles con frío, o no son posibles si estoy enferma, o no son posibles si no es época de vacaciones o, cuando sí son posibles, requieren que yo dé un primer paso enérgico y entusiasta que me es imposible dar cuando estoy cabizbaja y embargada de tristeza. Un fiasco. Por semanas solo tuve el título en una página vacía y reservada de mi cuaderno.

Y no se crean que voy a venir acá con teorías infundadas o flojas de papeles, no. Los ítems que siguen a continuación fueron puestos en práctica los últimos tres meses, garantía de funcionamiento (para mí). Las únicas dos cosas que pude poner en mi lista hasta ahora me han funcionado preciosamente, así que -hasta tanto pueda agregar ocho más- vengo a compartírsela: 

  1. Arrancar el día escuchando música, en mi caso la media hora que me lleva salir de casa, esperar el bondi y llegar al trabajo. Le doy play al reproductor de música con mi lista de temas “megusteados”, no he armado una lista ad hoc. Confío en que la música que me gusta, me gusta, y que lo mejor es que suene random y aleatoria. Así se mezclan bandas de sonido de Joe Hisaishi, con canciones de Bren Coll, Leonard Cohen, Natalia Lafourcade o Paola Bernal, tempestades de Beethoven, zambas del Raly y alguna música country. Los podcasts no sirven, solo si confirmo que ya ando feliz y no me hace falta la música, entonces elijo alguno de los podcasts que sigo y me meto en esos mundos.
  2. Recibir y/o dar -que si una pone suficiente empeño estaría siendo lo mismo- doce abrazos diarios. Cuando comenté en la mesa del almuerzo que mi lista tenía un solo ítem, mi hija Tania me dijo que si quería ser feliz había una teoría que indicaba que para serlo debía recibir doce abrazos diarios, con un mínimo de cuatro para sobrevivir. Lo puse en práctica, sin pudor de ningún tipo me dediqué a dar abrazos -apretujados y dos segundos más largos de lo que la cortesía rutinaria indica- cada vez que intuí a la otra persona le hacía falta y sin dudar pedí a gente de mi confianza en cada encuentro. No se dan una idea lo difícil que es llegar a los doce abrazos en un día. Yo tengo un compañero y dos hijas, lo que me deja en seis abrazos promedio en un día normal, ¿pero cuántas oportunidades hay de dar/recibir más abrazos en un día si no se está realmente atenta? 

Hubo dos momentos de felicidad en el colectivo de camino al trabajo escuchando música: 

  1. Un día que me descubrí intentando no ponerme a bailar con una cumbia poderosa y contagiosa en el medio del bondi.
  2. Otro día, que el allegretto de la tempestad de Beethoven se me coló en la lista de reproducción y bajé del colectivo emocionada hasta las lágrimas.

Hubo solo dos momentos en estos últimos tres meses en que sobrepasé los diez abrazos: 

  1. Mi viaje a la feria del libro de Buenos Aires llenísima de encuentros con gente querida, encuentros seguidos de charlas hermosas y con un marco de libros y lecturas y proyectos por venir.
  2. La suelta de libros que hicimos con las brujas bucaneras y los demás cumpas de Libre Base en el marco del Flisol, en una jornada que cada año me confirma estar en la vereda del sol, con los compañeros con quien hacer posible un mundo soñado. 

Fueron los días más felices de este tiempo de otoño sin dudarlo. Si con dos ítems en la lista vengo piloteando más o menos bien el asunto, la que me espera de alegría si consigo llevar la lista a los esperables diez ítems ¿no? ¿Ustedes hacen listas para no morir de tristeza en otoño? ¿Tiene una lista de la felicidad? ¿Qué dice esa lista?

Me despido hasta los próximos posteos (que los temas están escondidos en este), les regalo un pequeño haiku otoñal y les espero en los comentarios. Miren los enlaces, no es lo mismo el posteo sin verlos 😉


es la música

más doce abrazos diarios

la felicidad


¡gracias por compartir!

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