Los que volvieron, de Márgara Averbach

“Los que volvieron”, una novela impactante y necesaria, de Márgara Averbach, me emocionó profundamente. Si la leyeron les espero en los comentarios para seguir conversando.

“Por ahí todas las historias se conectan con todas, y se puede empezar por una y es como tirar de un hilo interminable que lo abarca todo y que, si se sigue tirando, terminaría, alguna vez, en la primera historia” cuenta la narradora de “Los que volvieron”, una novela de Márgara Averbach, inspirada en un hecho real, donde un grupo de chicos de secundario encuentran el camino para devolverles el nombre a dos jóvenes enterrados como NN en el cementerio local de un pueblo pequeño del interior de Santa Fe. Una novela que me tuvo en el umbral durante todo el tiempo que duró la lectura, y debo ser sincera, aún sigo ahí, en el umbral.

Un umbral que es puerta, banco, límite, frontera, tierra, piel, puente. Ese paso de un estado a otro, del afuera al adentro, de la soledad al encuentro, de la neblina a la luz del sol, del silencio a la palabra, del frío a la calidez, de la muerte a la vida, del olvido a la memoria. Un lugar ¿o quizás un punto de vista? Un paso en el que la escritora eligió dejarme, ahí, detenida, mirando lo que se mueve, lo que fluye, el hilo interminable que recorre la historia y nos atraviesa. ¿Estoy en el umbral o acaso soy el umbral? Esa palabra en la que sigo detenida horas después de haber terminado de leer, rumiando las palabras, sintiendo el peso de las lágrimas que me caen por el rostro. En el hilo que me atraviesa descubro que las lágrimas son por la soledad de Ju, por el miedo de el Negro, por la espera paciente y constante del loco del expediente, por la búsqueda incansable del hermano, por la madre ahogada en una vida de gritos, por la ternura del abrazo torpe y necesario, por la belleza de un banco bajo un fresno, por el recuerdo de mi profesora de Historia, por la alegría brillante de emoción con cada nieto recuperado, y por los 30.000. Es un hilo interminable mojado de lágrimas pesadas el umbral en el que la autora me dejó detenida.

Un umbral que es puerta, banco, límite, frontera, tierra, piel, puente. Ese paso de un estado a otro, del afuera al adentro, de la soledad al encuentro, de la neblina a la luz del sol, del silencio a la palabra, del frío a la calidez, de la muerte a la vida, del olvido a la memoria.

Detenida pero no inmóvil, detenida por mi propia voluntad de explorar este sitio incómodo, intangible, inevitable, frágil, vulnerable, sensible. Ese estado en el que todos deberíamos vivir un fragmento de nuestra vida, dejando que el hilo interminable de nuestra Historia nos atraviese, para recién después pasar a un lado u otro del umbral, siendo otros, siendo con otros.

Otros lugares donde publiqué la reseña

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