Animarnos a pensar todo de nuevo

Está próximo a salir el libro digital “Sobre los hombros de un gigante: dominio público, derechos de propiedad y cultura libre” editado por La Casa de los Conejos, que es una cooperativa autogestiva, autónoma y horizontal de Córdoba (Argentina) dedicada a la producción, edición y comercialización de libros. En ese libro estará incluido este artículo que aquí comparto, sobre la producción de libros, la lectura y los lectores: “Animarnos a pensar todo de nuevo”. Me autorizaron a compartirlo anticipadamente, para poder sumar este a tantos otros materiales que están circulando para pensar social y colectivamente estos temas. Mi agradecimiento a los editores por la confianza y la invitación. Por otro lado, los invito a compartir, a conversar, a comentar para seguir pensando juntos.

La producción de libros, la lectura y los lectores

Animarnos a pensar todo de nuevo

“La cultura libre es la cultura, porque si la cultura no es libre, no es cultura”. Así cierra Beatriz Busaniche su charla “¿De quién son tus ideas?”, cuyo contenido forma parte de este material que estás leyendo. Me invitaron a escribir sobre “cultura libre” y creo que es vital partir de ese punto central, básico: cultura es todo aquello que identifica el quehacer de la humanidad desde sus primeros días y hasta el día que la humanidad desaparezca de la Tierra. La cultura es la manera que tenemos como personas de aprender y aprehender el mundo que nos rodea. Desde las características particulares que definen e identifican a cada comunidad, las formas de vestirnos, nuestras comidas, las historias que contamos, por decir solo los primeros ejemplos que me vienen a la cabeza, hasta los aprendizajes que necesitamos llevar adelante para poder acceder a esas formas de ser y vivir, aprender las palabras de nuestros idiomas, los gestos, nuestras señas particulares. Y esa cultura que se apropia, también se copia, se modifica, se recrea, se profundiza, se conecta con otras, se potencia, se remixa, se lleva, se trae, se comparte, se vincula, y aún así, después de todo ese viaje por el espacio y por el tiempo, sigue siendo cultura.

Todos estamos ligados inexorablemente a la cultura definida en toda esta amplitud pero aquí hablaremos por un lado de quienes hacemos de la cultura una tarea reflexiva y cotidiana vinculada a la producción de obras culturales, -hay quienes definen esta tarea desde lo artístico sin pensar a priori en las retribuciones económicas que podría o no tener esa obra una vez circulando en el mercado cultural; hay quienes encuadran esta tarea desde lo laboral porque priorizan la retribución de las horas invertidas, en tanto constituyen su principal vía de ingreso económico, entre otras miradas que problematizan si el arte es o no un trabajo o en qué medida, y que sobrepasan las intenciones de este texto- y por el otro de quienes se acercan  a esas obras culturales con interés de acceder a ellas como lectores/públicos/consumidores/inserte-aquí-el-término-que-prefiera-de-acuerdo-a-su-paradigma-ideológico. Me interesa aclarar que según mi manera de ver las cosas (y en el marco de estas épocas, donde Internet nos abrió una ventana a través de nuestros dispositivos desde la cual podemos extendernos para buscar, alcanzar, intercambiar cualquier cosa con cualquier otra persona del resto del mundo) no creo en esta frontera que acabo de mencionar (esto de ‘un lado’ para los que producen y ‘otro lado’ para los que acceden). Las cosas, por suerte, son mucho más complejas que esto. Propongo entonces, con la sola intención de compartir una postal, la idea de una trama entretejida, un tapiz en el que los hilos que lo conforman provienen de los rastros más antiguos de nuestra historia cultural y proseguirán hasta el fin de los tiempos y el aporte de quienes vivimos en estas épocas es un fragmento de esa historia compuesto a muchas manos, y no porque crea que hay una intención colaborativa y solidaria en ese quehacer (que sí, pero lo hablaré en otro párrafo) sino porque creo que no hay otra forma de hacer cultura que entre toda la humanidad que transita un cierto tiempo.

Preguntas ¿obvias? o ¿necesarias? 

Me dedico a los libros, tanto como editora, como librera, feriante y mediadora cultural, además de como periodista, así que en general el artículo estará planteado desde una mirada editorial. Arrancaré aquí formulando una serie de preguntas que me hago, quizás porque soy comunicadora y disfruto tanto de hablar con otros como conmigo misma:

¿Las ideas de los libros que crean los autores son solo de ellos o han germinado de todas las ideas de todos los libros que los autores han leído a lo largo de su vida? ¿Los lectores no son también de alguna manera autores al vincular cada libro que leen con todos los que leyeron antes, creando en su imaginación una historia nueva y no exactamente la misma que el autor creó? ¿Existen los libros, están vivas las historias de esos libros, si no hay un lector que las lea? ¿Leer no es también una actividad, entendida acá como tarea reflexiva y cotidiana de producción cultural? ¿Cuál es el rol que cumplen los lectores en el tejido del quehacer cultural? Los veo compartiendo lecturas, recomendaciones, armando itinerarios emparentando unos libros con otros a partir de sus recorridos literarios ¿será que son mediadores y promotores de la lectura? ¿No son los autores lectores también y primero que nada? ¿No son también los editores, los libreros, los cuentacuentos, los bibliotecarios, los reseñadores de libros, primero que nada lectores de libros? ¿Es la lectura un trabajo? ¿Será quizás que libros y lectura se refieren a esferas diferentes de análisis, interconectadas y articuladas pero diferentes? ¿Qué papel cumple aquí el libro en tanto objeto o artefacto de lectura? ¿Un pdf, un epub, una app con contenido literario son un objeto o artefacto de lectura? ¿Les quita el soporte su entidad de existencia o de qué manera la modifica? ¿De quién son los libros: de quienes los hacen, de los autores, de los editores, de los imprenteros, de quienes los compraron para venderlos, de quienes resguardan su propiedad intelectual, de quienes los compran, de quienes los leen, de los herederos de quienes los escribieron, de los herederos de quienes los compraron? ¿Quiénes ponen/imponen las condiciones y limitaciones de la lectura? ¿los dueños de los libros? ¿la legislación? ¿las cámaras y entidades que en sus reglamentos designan a su tarea como la de resguardar la actividad del sector? ¿Quiénes son los destinatarios de los beneficios de estas limitaciones del acceso a la lectura?

Podría seguir pero creo que llegué al punto del que quería hablar y que se abre principalmente en cuatro caminos o apartados.

La posibilidad del acceso, sus límites y las ganas de compartir

El primero de ellos es esta ventana inmensa de la que hablaba recién, que nos permite (o debería, o fue creada-para) acceder/compartir todos los contenidos que queramos o necesitemos, poniendo a disposición una herramienta de alcance mundial y sin limitaciones técnicas a priori más allá de las que las legislaciones impongan. Es cierto que el acceso a Internet no está al alcance de todos y eso es un problema que la situación de cuarentena se encargó de poner en primer plano: el debate pendiente del acceso a internet como derecho. Quizás aquí toque hablar de la copia y del original, pero también es un tema que excede estas palabras, solo decir que el hecho de que las copias sean exactas e idénticas al original digital, son la prueba de que la escasez no existe en el ámbito virtual. De un libro puede haber tantas copias digitales como copiadores haya y eso es fantástico, es la tecnología más potente que hayamos creado (una invención de la imprenta potenciada al infinito) para usar como herramienta de promoción de la lectura y acceso a la cultura. Esa ventana abrió con ella un paradigma: compartir. Por eso las redes sociales tienen botones expresamente pensados para que uno contagie, invite, obsequie, entregue, intercambie un trozo de conocimiento a sus vecinos de la virtualidad. Y compartir es la clave del conocimiento humano, en ese compartir se da la construcción colectiva y colaborativa del conocimiento y por ende, de la cultura.

El segundo es que existen legislaciones que impiden esa circulación libre y comunitaria, curiosamente se trata de leyes creadas con la misión de favorecer la circulación de la cultura ¿? Sí. Las leyes de propiedad intelectual surgieron para proteger a las comunidades que legislaban, para que tuvieran garantizado el acceso a bienes culturales, a través de la protección económica de los autores, dándoles el derecho de hacer usufructo de sus creaciones durante un tiempo limitado para que pudieran seguir dedicándose a eso y así beneficiar a la comunidad con mayores bienes culturales. Con el paso de los años esa protección fue desvirtuándose, alineándose cada vez más a los intereses de grandes corporaciones y alejándose de la garantía inicial de proteger a los autores. Hoy por hoy estas legislaciones históricas no adaptadas a estas épocas hablan de límites que desafían al sentido común. Pongo un solo ejemplo: que un docente lea en el aula a sus alumnos un libro completo de un autor que quiere compartir es legal, que ese mismo docente hoy, en contexto de pandemia, comparta con sus alumnos a través de herramientas digitales (un video, un audio, un pdf) un libro completo de un autor es ilegal. No hay mucho más que agregar para hacer evidente que se trata de una legislación que requiere de una revisión urgente, que contemple excepciones y una mirada actual de la creación artística y sus formas de producción y circulación.

El tercero de ellos es que cuando hay autores/artistas/lectores/gente-que-se-dedica-a-la-tarea-reflexiva-y-cotidiana… que quieren compartir (y la hay, porque justamente es el paradigma cultural que habitamos como humanidad por estas épocas) y hay una legislación que lo prohíbe, siempre surgen formas creativas de encontrar nuevos caminos. En este caso hablo de las Licencias Creative Commons, que son un guiño, una complicidad, una licencia legal y en consonancia con la ley de propiedad intelectual, que permite la copia, la circulación y distribución libre de los contenidos, incluyendo siempre el crédito para los autores y brindando libertades para los lectores, una herramienta para movernos menos encorsetados en este mundo virtual del que cada vez formamos más parte. Las licencias Creative Commons son, y les comparto la definición de Wikipedia, la gran enciclopedia creada colaborativamente: “Una herramienta legal de carácter gratuito que permite a los usuarios (licenciatarios) usar obras protegidas por derecho de autor sin solicitar el permiso del autor de la obra. Inicialmente, estas licencias se crearon con base en la legislación estadounidense y fueron portadas (adaptadas) a varias jurisdicciones en todo el mundo. Sin embargo, la última versión disponible armoniza las licencias a nivel internacional y se pueden utilizar en diferentes países y entre países. (…) Todas las licencias Creative Commons conceden ciertos ‘derechos básicos’ que incluyen el derecho a reproducir la obra, así como a distribuir la obra sin cargo”. Estas licencias son la herramienta que tenemos los creadores de insertar en las páginas del libro un permiso por escrito de que la obra puede ser compartida con libertad. De acuerdo a la licencia incluso se pueden otorgar permisos para la generación de obras derivadas o usos comerciales. Para quienes acceden a la obra, la presencia de esta licencia les asegura que sus autores forman parte de una comunidad que cree en la construcción colaborativa de la cultura y que confían en ellos como lectores comprometidos con esa particular mirada del mundo.

Los desafíos urgentes y necesarios

Y por último el cuarto camino, vital, en el que es necesario que todos los protagonistas de este mundo cultural del que hemos estado hablando nos hagamos preguntas y pongamos nuestra mayor creatividad en el ejercicio de las respuestas, porque de ella depende nuestro futuro cultural. Me refiero a que necesitamos afrontar desafíos urgentes y necesarios relacionados a la sustentabilidad de quienes se dedican a esta tarea reflexiva y cotidiana de vincularse con los libros como la actividad que les genera ingresos para vivir (y aquí no hablo solo de autores, que por supuesto que sí, pero también de editores independientes que hacen un aporte vital a la bibliodiversidad apostando por autores y libros en los que creen y destinan cada peso que ingresa por ventas de libros a la edición de nuevos títulos sin poder vivir de esa actividad, a periodistas que reseñan libros y muchas veces lo hacen como colaboración no paga en sitios y blogs, y por supuesto podría seguir…).

Los objetos culturales (como libros o discos) se mueven en ese doble lugar de ser, a la vez, objetos artísticos, parte del acervo cultural de la humanidad y objetos comerciales que se compra-venden en los mercados del mundo y forman parte de las diferentes industrias relacionadas a la producción cultural. Si creemos que es bueno que como objetos artísticos circulen lo más posible, por todas las vías que encuentren, gratis, libremente, entonces el desafío es cómo pensar propuestas económicas en tanto objetos comerciales, de modo de poder garantizar la sustentabilidad de sus hacedores para que puedan seguir aportando a la cultura.

Como otras actividades culturales, hay modelos de negocios ya establecidos dentro del sector editorial, modelos que peinan canas, que fueron diseñados para empresas editoriales y no se acomodan a la edición independiente o autogestiva (edición que tiene otras condiciones de producción, otros costos, otras estructuras y otras posibilidades, que apuestan por tiradas pequeñas, circuitos de distribución locales muy mínimos, catálogos reducidos, etcétera). Esos añejos modelos de negocio están pensados desde los costos de producción del trabajo editorial impreso, adaptados con modificaciones mínimas a un mundo virtual que funciona con lógicas muy diferentes, y en cierta medida opuestas. Por ejemplo, que una biblioteca compre una copia digital de un libro para su catálogo virtual y solo pueda prestarlo de a una vez a un único lector es inventar una escasez donde en realidad no existe, solo para copiar pobremente los modelos existentes en el mundo físico.

Se trata, además, de modelos de negocios en los que diversos protagonistas de la cadena de producción reniegan constantemente por su mal funcionamiento (que los autores cobren regalías una o dos veces al año a precio vencido, que las editoriales cobren las liquidaciones de librerías también a precios anteriores, ambos en un país con altos índices de inflación, que sumado a eso los costos de impresión deben pagarse al contado de la tirada completa, inversión que en muchos casos jamás se recuperará). Modelos que no sirven para que los libros circulen fácilmente, modelos en los que esta cosa hermosa que es hacer libros se piensa como en una cinta de ensamblaje donde primero hay un autor, después un editor, después un imprentero, después un distribuidor, después un librero y al final un lector (por supuesto que la idea está simplificada, faltan muchos protagonistas más), y que lejos de sentirse o pensarse miembros de un equipo o de una comunidad que labura junta y en pos de un bien común, no deja de tirarse culpas o renegar los unos de los otros. Modelos que no favorecen nuevas formas de pensar la producción cultural y que no han evolucionado a formas alternativas que acompañen ideológicamente el cambio de paradigma que estamos viviendo.

Atreverse a pensar nuevos modelos, desde cero, desde otras lógicas, animándose a poner entre paŕentesis lo que sabemos, es una urgencia que nos desafía principalmente a quienes creemos en un paradigma identificado como “cultura libre”. Que nos desafíe a elaborar propuestas que avancen sobre algunas cuestiones obvias, como el requerimiento de que el Estado tome cartas en el asunto y promueva políticas culturales de fomento para los artistas y hacedores culturales, y a la vez alternativas creativas y diferentes a las ensayadas tradicionalmente: pienso en el financiamiento colectivo donde es la comunidad misma la que valora y acompaña los proyectos culturales que una vez creados estarán disponibles para todos.

No me voy a tomar el tiempo aquí de detallar una falacia que recorre casi todas las conversaciones y debates más o menos aguerridos que leo cotidianamente sobre el tema: la de que una copia en pdf circulando de manera no autorizada por el titular de los derechos es una venta menos del libro impreso. Para empezar no hay estadísticas ni estudios que fundamenten eso, pero estoy segura que si se hicieran estudios y fuera serios y no predispuestos a favorecer a la falacia, los resultados serían los contrarios. Internet es una ventana enorme, si un título estuviera exhibido en todas las vidrieras, en todas las mesas de lectura, en todas las mesas de novedades, de todas las librerías, de todas las ferias y de todas las bibliotecas de todo el mundo, ese libro, al contrario de venderse poco, se vendería mucho más. Si ese pdf que circula tuviera información clara de dónde se puede conseguir el material impreso y ese sitio fuera accesible para quien lo quiere, si los sellos tuvieran un modelo de negocio (a falta de mejor nombre) que acompañe los procesos de producción y esté atento a las necesidades y posibilidades de estas formas de circulación descentralizadas, libres y accesibles, no estaríamos hablando de piratería en pleno siglo XXI.

* * *

Una última idea para cerrar este artículo, que solo intenta acomodar algunos pensamientos que estoy teniendo y compartiendo estos días con colegas y compañeros de ruta. Si creemos -y al menos yo lo hago con todo el compromiso del que soy capaz- que la tecnología de estas épocas nos da una herramienta potente y formidable para abrir el acceso a los bienes culturales a una porción muy grande de la humanidad. Si creemos que compartir es la base de una forma vital de entender que la construcción del conocimiento y la cultura es comunitaria y colaborativa y que por definición debe ser libre. Si hoy la legislación limita todo eso que creemos que es bueno, pero a la vez que pedimos excepciones y modificaciones de esas leyes, sabemos que hay herramientas como las licencias Creative Commons que nos dan la posibilidad de encontrar vías legales para compartir lo que queremos… Entonces lo único que resta es animarnos a crear las condiciones para que existan nuevas formas de sustentabilidad para los artistas, autores, creadores, hacedores, más acordes con este paradigma de creación cultural colaborativo y libre. Para que quienes hacen de este mundo un lugar mejor con sus historias y sus creaciones puedan vivir y seguir dedicándose a esa tarea reflexiva y cotidiana que nos hace mejores como humanidad y contribuye al tejido comunitario que sostiene las bases de nuestra cultura que hacemos entre todos.

Por Barbi Couto (*)

(*) Soy editora en Ediciones de la Terraza, un sello independiente cordobés nacido en 2012 que publica libros ilustrados con licencias Creative Commons y apuesta por formas alternativas de producción cultural. Con esa mirada nos sumamos a muchos otros proyectos que entienden que la construcción del conocimiento y la cultura es colectiva, y por eso apostamos a que tengan un acceso más libre.
Soy comunicadora social y f
ormo parte de Libre Base, una organización de difusión del software y la cultura libre que organiza cada año el FLISol.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.

¡Próximamente!

El libro saldrá próximamente. Se titula: “Sobre los hombros de un gigante: dominio público, derechos de propiedad y cultura libre” y está editado por La Casa de los Conejos. Cuando esté disponible lo compartiré por aquí pero mientras tanto dejo las vías de contacto de los editores.


Crédito de la ilustración: “Colectivo”, de El Esperpento, para Ediciones de la Terraza.

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