Un remix: Mujercitas y Anne Shirley en el siglo XXI, cómo funciona la cultura libre y un mea culpa personal

Les comparto un post que hace días quería escribir, impulsado por las lecturas y series del verano. Mujercitas, Anne Shirley, Cultura libre, remix y algunas opiniones salpicadas sin mucha coherencia, casi una catarsis literaria que les ofrezco para encontrarnos en los comentarios y seguir charlando. Si les gusta, los invito a compartir.

A veces es más fácil exponer y defender una idea teórica que asumirla en la práctica, de corazón y en ejemplos concretos. Durante años me he llenado la boca defendiendo el concepto de cultura libre, la defensa de una mirada, un paradigma sobre la producción de la cultura con acceso para todos, amparada como un derecho humano. La certeza de que el conocimiento se construye colectivamente y el rol del autor no es más que el de un fragmento de hilo en la trama del tejido del mundo. Que el diseño jamás es individual y personal porque los aportes comunitarios y sociales son inevitables, en los momentos de producción, pero también en los de interpretación. Que una comunidad que abraza y defiende esta mirada de la producción cultural promueve un mundo más solidario, más accesible y democrático. En esa mirada del mundo, el ambiente, la atmósfera, el cosmos en el que estamos insertos es una simbiosis en la que jamás nos salvamos solos, no porque no quisiéramos, sino porque jamás podremos.

Hasta acá quizás mi texto no se comprende, de qué quiero hablar, qué motivos impulsan este escrito, por qué necesito escribir. Sepan que quizás hablo más conmigo misma que con los demás, pero otra vez, eso es imposible. Incluso al hablar conmigo misma, hablan en mi mente las voces de tantos, que he leído, que he escuchado, incluso imaginado y cuando alguien del otro lado lea, habrá allí tantas más voces aún.

De Mujercitas y Anne Shirley…

Estoy transitando, ya en su último tramo, un mes que de alguna manera ha sido un viaje en el tiempo. Y a múltiples destinos del tiempo, eso es lo más curioso. Al mediados-fines del siglo XIX sin lugar a dudas, también a comienzos del XX, y a la vez a finales de la década del ochenta y casi todos los años noventa. ¿Qué cómo es eso posible? Libros, libros. Esa puerta que puede llevarnos a cualquier lado, hacer de nosotros, los lectores, un puñado de nervios, de emociones, de ira, de ternura inconmensurable, de impotencia y valentía. Que nos tiene en vilo, nos enfrenta a nosotros mismos, lo que pensamos, lo que amamos y odiamos, lo que somos y queremos ser. Y después maltrechos como un trapo, y con el corazón rebosante de alegría o roto en mil pedazos dejarnos del otro lado del umbral, para seguir con la vida como si tal cosa, como si eso fuera acaso posible.

Estoy participando en una lectura conjunta de Mujercitas, el clásico de Louisa May Alcott con otras casi 100 lectoras y lectores en un grupo de whatsapp federal, muy inusual y que con cada día que pasa se va convirtiendo en un ¿una ronda alrededor del fuego? ¿una hermandad virtual? ¿algo sin nombre aún pero que será un extraño tesoro intangible para el futuro? Hemos hablado de nuestras protagonistas favoritas, de lo que el libro y la historia significó en nuestras vidas, hemos acariciado una vez más ese libro y al abrirlo hemos podido hacer un viaje imposible: asomarnos por esa puerta y del otro lado del umbral encontrarnos a nosotras mismas cuando teníamos ¿10? y descubrir cuánto de esa persona aún vive y vibra y resuena dentro nuestro hoy.

También hace varias semanas estoy viendo “Anne with an e” la serie canadiense que transmite Netflix en tres temporadas recuperando, en una versión muy libre, el personaje Anne Shirley, una chica huérfana, pelirroja, verborrágica e imaginativa creada por Lucy Maud Montgomery a finales del siglo XIX. Con ella vuelven las mangas abullonadas, las palabras rimbombantes, los abismos de la desesperación y las almas gemelas. Esta vez es un viaje a la isla del príncipe Eduardo en los años de transición del siglo XIX al XX. Y un viaje a mi adolescencia casi completa: una puerta más grande aún, un ventanal a esa época en la que soñaba todo lo que querría para mi vida como joven y adulta. Asomarme a esos años es mirarme en un espejo ineludible de quién soy, qué logré, que quedó al costado del camino, con quien comparto mis días, si sigo aún mirando la vida con el apasionamiento por las pequeñas cosas, si me emocionan aún las flores de los árboles, si sigo encontrando en la ciudad mi pequeña Reina de las nieves, el Lago de las aguas refulgentes o ese camino bajo una arcada de árboles tupidos que ahora no recuerdo cómo se llamaba pero que siempre he sido capaz de encontrar alzando la vista al cielo en las veredas de algunos barrios.

De las autorías…

Por qué este artículo. Qué tiene que ver la cultura libre con todo esto. Hoy pensando algo noté esta idea y me avergoncé de mí misma. Sobre finales de la primera temporada de la serie me desbordó el enojo, una ira injustificada. La trama se alejaba irremediablemente del libro, personajes que nunca estuvieron allí, muertes que jamás sucedieron en el libro, ¿por qué, si la historia era lo suficientemente buena, decidieron hacer una serie tan diferente de los libros originales? Y la ira era mayor aún porque la serie es bella, la pelirroja Anne es digna del recuerdo que tenía de ella. Marilla, Mathew son impecables, la fotografía y la estética de la presentación creo que insuperables, las actuaciones: muy buenas. Por qué entonces, con todo ese combo fabuloso, decidieron alejarse tanto de la historia original, la que Montgomery escribió, ‘tal como ella lo hizo’. Abandoné la serie por meses hasta estos últimos días, donde quizás por estar ya situada en esa época con la lectura de Mujercitas, y gracias al empujón de un amigo que me invitó a verla como una “inspiración” decidí darle otra oportunidad.

De la cultura libre…

El concepto de “cultura libre” funciona así: todos somos hacedores, todos podemos crear, tomar un trozo de esto que llamamos cultura, y que es todo lo que nos rodea, y con esa argamasa hacer algo nuevo, en el proceso de creación aportar la esencia de algo propio y ofrecerlo al mundo, a la comunidad de la que formamos parte, a los caminos de este devenir diario que algún día llamaremos Historia. Así ha funcionado a lo largo de la humanidad. Lo queramos o no, la cultura es una construcción colectiva. Sea que la propiedad intelectual ponga límites o bloquee la circulación de objetos culturales -y esto es algo que ha sucedido solo los últimos doscientos años, antes no funcionaba así (*ver nota al pie)- la humanidad, cuando crea, se eleva sobre los hombros de tantos otros que crearon antes, como inspiración o como copia. Y de ese remix sostenido a lo largo de tantos años surge el mundo en el que vivimos hoy. Cómo enojarme entonces con una reversión de un clásico solo porque no respeta al detalle la versión original…

Anne caía en los “abismos de la desesperación” cada vez que la realidad la golpeaba y la abatía. Y sus emociones pasaban de estar en la cima de la felicidad a… bueno, justamente ahí: los abismos de la desesperación. Esa frase describió parte de mis emociones por muchos años a lo largo de mi vida. Hace poco leí un artículo, de esos que están pululando a montones por estos días a propósito del estreno de la nueva película de Mujercitas y la periodista mencionaba los “abismos de la desesperación” y yo pensé: “se le mezclaron las referencias literarias, pero bueno… Anne y Jo han sido referentes para muchas de nosotras, cómo evitarlo”. Cuando, en medio de la lectura conjunta de Mujercitas ahí voy y encuentro la frase: los “abismos de la desesperación” en boca de Jo, personaje que fue creado en 1868, mientras que el de Anne lo fue recién en 1908. O quizás todo fue una referencia literaria de las diferentes traducciones (¿ambas autoras lo dirán igual en inglés?). Y la pregunta más importante: ¿Por qué importa quién lo creó antes? ¿No es acaso una manera de dialogar entre los personajes de nuestra mejor literatura a través del tiempo? Que acaso encontrar intertextualidades y referencias literarias ¿no es una complicidad bella que nos permite de alguna manera viajar por la historia del mundo?

Hace muchos años, compré el libro “¿Por quién doblan las campanas” de Ernest Hemingway porque mi abuela había hablado a lo largo de toda mi infancia puras alabanzas de la película y sus actores predilectos. Tomé el libro usado entre mis manos y leí el poema que abre la historia y es un breve fragmento de una obra de John Donne, un poeta inglés del siglo XVI:

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

(En John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions, Meditación XVII).

Hace solo un par de meses hice un Taller de Producción Creativa Multimedial y entre la bibliografía doy con un libro de  Jonathan Lethem “Contra la Originalidad” que empieza también con una cita de John Donne:

“Toda la humanidad es de un autor, y es un volumen; cuando un hombre muere, no se arranca un capítulo de un libro, sino que se traduce a una lengua mejor; y todo capítulo debe ser así traducido”

(también de la Meditación XVII de Devociones para oraciones emergentes).

Lethem había llegado a Donne desde una versión cinematográfica de “84 Charing Cross Road”, tuvo que ir de una película a un libro a una obra de teatro a un sitio de internet y de vuelta al libro para dar con el poeta. Y razona sobre esa búsqueda que quizás al final de todo esas palabras de Donne solo son conocidas por pertenecer al poema Meditación XVII del que Hemingway sacó el título de su libro “Por quién doblan las campanas”.

“La literatura se encuentra en un estado de saqueo y fragmentación desde hace ya mucho tiempo”, dice Lethem.  Y sigue: “Se vuelve evidente que la apropiación, la imitación, la cita, la alusión y la colaboración sublimada forman una especie de sine qua non del acto creativo y atraviesan todas las formas y géneros en el ámbito de la producción cultural. (…) Hallar la voz personal no es sólo vaciarse y purificarse de las palabras de otros, sino adoptar y acoger filiaciones, comunidades y discursos. Podría llamarse inspiración al hecho de inhalar el recuerdo de un acto no vivido”.

Pienso en cómo siempre le reclamo a las películas que no se queden en ser una simple adaptación del libro, que para eso ya está el libro, y en general hace la magia mejor que la película, al menos así funciona para mí. Pero de vez en cuando una película toma el libro como base y construye sobre su cimiento otra cosa. Cuando me preguntan por mi película favorita de la saga Harry Potter siempre digo que la 3, El prisionero de Azkaban, porque el director creó un ambiente, un tiempo, un ritmo, un concepto visual, estético y narrativo propios y con eso construyó una historia sobre la base del libro. Ninguna otra de las películas de la saga logró esa magia, las demás son simples adaptaciones de los libros. Es mi opinión personal por supuesto que ningún fan de Harry Potter me quiera matar, yo también soy fan.

 

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Otro ejemplo: amo la película de Studio Ghibli “El castillo vagabundo”. No fue hasta hace un par de años que descubrí que estaba basado en una novela de Diana Wynne Jones. Moví cielo y tierra hasta que la conseguí y fue mi lectura de verano hace un par de años atrás. El mundo de fantasía es impecable, Sofi y Howl son personajes increíbles y ¡disculpen la interrupción! pero buscando en Wikipedia la correcta escritura del nombre de la autora doy con un artículo donde dice que las referencias a la literatura clásica en la obra son fundamentales y arrancan con dos referencias a John Donne (¡otra vez! ¡necesito leer a ese poeta urgente!, disculpen voy a buscar las referencias y vuelvo).

Recreo…

(Media hora después…) Vuelvo con un poema:

Ve y atrapa una estrella fugaz,
logra una raíz de mandrágora con un niño,
dime dónde están todos los años pasados,
o quién quebró el pie del Diablo.
Enséñame a escuchar el canto de las sirenas,
o a mantener alejada la picadura de la envidia,
y encuentra
qué viento
hace avanzar a una mente honesta.
(“Canción”, de John Donne, citado en “El castillo ambulante” de Diana Wynne Jones.

Volviendo a lo que hablaba, el libro es precioso, se aleja muchísimo de la película, o quizás sería más justo decir que la película se aleja mucho del libro, de hecho la guerra fundamental en la animación de Miyazaki no existe en el libro, donde la fantasía cobra otra importancia en sí misma y no con un propósito superador. Amé la posibilidad de que el libro y la película me permitieran vivir dos momentos distintos, mágicos pero diferentes. Poder volver a la historia y que tuviera algo nuevo que contar.

 

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From script to screen, see how Writer/Director Greta Gerwig transformed her vision for #LittleWomenMovie into reality.

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Del mea culpa personal…

Como defensora de la cultura libre, me avergoncé cuando me di cuenta que me estaba enojando por una versión libre de un texto clásico que se alejaba de su edición original. Alejandro de la O, actor, docente y amigo, me dijo en un post donde contaba cómo la serie de Anne lo llevó otra vez a su infancia, que no me enojara con las divergencias de la serie, que la viera como una inspiración. Y así lo hice. La segunda y tercera temporada de la serie tomaron vuelo propio. Me permití confiar. Entrar otra vez a Green Gables y Avonlea de la mano de Anne para vivir otra historia. Aventuras y amigos que Anne no tuvo en los libros originales; otro Gilbert que mostrara su personalidad generosa y amable desde nuevas historias vistas desde su propio punto de vista, actos no vividos… La “inspiración, el hecho de inhalar el recuerdo de un acto no vivido”. La posibilidad mágica de volver a una época y a un escenario indispensables de mi adolescencia, casi treinta años después, con debates vigentes y super necesarios de esta época, que sea completamente una nueva historia. Una nueva puerta.

Como mediadora de la lectura siempre he defendido la idea de que los libros nunca son iguales, que cuando una vuelve a ellos años después el libro tiene nuevas cosas para decirnos, porque la época cambió, porque nosotros cambiamos, porque el río nunca es el mismo y nosotros tampoco. Pero ¿qué sucede cuando alguien toma una historia y de esa historia hace otra nueva?

La película de Greta Gerwig que se estrena en los próximos días refleja una nueva mirada de Mujercitas a la luz de estas nuevas épocas. Leí a la directora decir en múltiples entrevistas que quiso reflejar la historia de Mujercitas tal como Louisa May Alcott hubiera querido y los editores no le permitieron. ¿Qué es eso sino una nueva versión del clásico? Leída a la luz de este nuevo milenio. Otra nueva puerta a cruzar para un nuevo viaje en el tiempo.

La vida, atravesada por buenos libros y películas y todos los demás productos culturales que conforman nuestro entorno, es como un laberinto de múltiples puertas que uno abre y atraviesa y por ellas viaja en el tiempo, en los tiempos, vive múltiples vidas, en ese viaje se convierte en el tipo de viajero que sueña ser. Y si la magia es completa y quienes se atreven a la inspiración, al remix, a subirse a los hombros de otros que crearon antes, se animan a seguir sumando creatividad a la historia cultural de la humanidad, entonces es todavía mejor. ¿Qué son las nuevas versiones de una obra sino la humanidad misma haciendo algo que tan bien le sale cuando quiere: “copiar” lo mejor que fuimos, lo que somos, aportando eso que tenemos en el fondo del alma para mejorar la obra: la pasión, el amor, la creatividad. Como cuando tenemos un bebé en brazos y nos mira, y le hablamos lento, amoroso, moviendo los labios con gestos grandes y cuidado, eligiendo las mejores palabras, para que las copie al decirlas y así pueda aprehender el mundo que la humanidad ha construido a lo largo de la historia para él. Que copie lo mejor que tenemos para darle, y con ese insumo crezca como nueva persona, única en el mundo pero a la vez igual al resto de la humanidad.

 


(*) El tema de la propiedad intelectual y la cultura libre excede ampliamente la temática de este artículo. Ninguna de las obras mencionadas en el artículo son técnicamente “cultura libre” salvo “Little Women” y “Anne of the Green Gables” en sus ediciones originales en inglés puesto que ya pasaron más de 70 años de la muerte de sus autoras y se encuentran en dominio público. Al hablar en la nota sobre “cultura libre” me he enfocado solo en la mirada o paradigma que promueve la circulación y producción de contenidos libres, por ejemplo todos aquellos que están en el dominio público o aquellos que están publicados con licencias Creative Commons que permiten la copia.  Seguramente pronto estaré escribiendo algún material al respecto. Mientras, recomiendo la lectura de:

Enlaces que podrían ser de interés

Sobre la lectura conjunta de Mujercitas: 

Sobre la película nueva de Mujercitas dirigida por Greta Gerwig: https://www.instagram.com/littlewomenmovie/

Sobre Anne Shirley