#brujabucanera Vale Daveloza: “El acceso libre e irrestricto a la cultura es un derecho humano”

Vale Daveloza es docente, especialista en literatura destinada a la infancia y juventud y, ante todo je je je, miembro del equipo #brujasbucaneras del proyecto #Libergia del que ya hemos hablado en este blog. Con esta entrevista/reseña inicio lo que será (espero) un bloque de notas relacionadas a la promoción de la lectura que propone como juego esta hermosa iniciativa de Luis Paredes.

Desde enero de este año Vale forma parte del equipo #brujasbucaneras (del que yo soy capitana, je je) en el proyecto #Libergia creado por Luis Paredes –del que se puede leer más por acá– donde palabra más palabra menos, nos dedicamos lisa y llanamente a regalar libros. ¡Miren qué equipazo!

Pero hoy quiero contar como lo que pasa hoy, el presente, la cosa cotidiana de todos los dìas, siempre siempre se enlaza con alguna otra previa. Y tengo para contar esta hermosa historia que la tiene a Vale de protagonista.

2017

Hace dos años, en marzo de 2017, Vale Daveloza regaló su biblioteca ¡sí, su biblioteca! en la plaza San Martín. Se sentó en un banco, desplegó una esterilla, ordenó pilas y pilas de libros y esperó que la gente pasara a elegir y llevarse el suyo. No pudo tomar demasiados registros, no pudo hacer números, no pudo documentar estadísticamente la movida. Una marea de gente pasó, llevó, revolvió, eligió, abrazó, felicitó, sumó pilas de libros a los de Vale, sacó fotos y se fue, en un movimiento que duró solo un rato, con la intensidad de un torbellino. Yo llegué 15 minutos después de la hora que ella había señalado y pude documentar el coletazo final del huracán. Les comparto una galería y algunas cosas que me contó ella en aquella oportunidad, una linda mañana de sábado.

Plaza San Martín, Córdoba Capital (Argentina).

¿Por qué la plaza San Martín?
-Porque quería que tuvieran visibilidad, que fuera algo público, que hiciera un poquito de ruido para demostrar que no es una problemática privada, debe haber un Estado municipal, provincial y nacional que se tienen que hacer cargo, tiene que haber una política de dotación de libros. Siempre sabiendo que ahí donde se necesitan libros, a 15 km de acá, en un cortadero de ladrillos, y que en Villa El Libertador, Maldonado, Mûller no están llegando libros. Esta primera movida es para que hubiera un eco, por suerte hubo en las redes, para difundir que leer es un derecho, que los libros deberían estar en manos de los lectores y que esto debería ser una política de Estado.

¿Qué tipo de gente viste que retiró los libros?
-De todo tipo. Lo mejor era confiar en el encuentro, no sabía con quién me iba a encontrar acá. Los dos primeros que llegaron eran albañiles que se estaban yendo a la obra y se llevaron poesía. Por esos dos, todo el resto valió la pena. Si hubo acumuladores, si hubo gente que los fueron a vender a una compra-venta, allá ellos. Cuando me dijeron “¿por qué no los llevás a la biblioteca”, dije que no porque el que va a la biblioteca a buscar un libro, ya está en camino. El problema es el que duerme en la plaza del banco, el que se va a tomar el bondi, o estos dos albañiles que capaz no van a la biblioteca, pero se encontraron con esto, puesto ahí, entonces dijeron “mirá, podemos leer”. Defiendo los libreros, defiendo las bibliotecas populares barriales, pero creo que faltaba hacer un poco de ruido, hacerlo visible. Este tipo de actividad tiene que ver con un cambio de la cultura de la queja a la cultura del reclamo. La cultura de la queja es altamente improductiva, es la que nos hace decir que todo es una mierda, que nada vale la pena, y que el gobierno (el que sea) es una mierda y que es mejor quedarnos en la casa encerrados. La política del reclamo es hacer esto, decirle a todo el mundo que leer es un derecho, promover que los libros lleguen a los ciudadanos y, al mismo tiempo, decirle al Estado “ustedes tienen que estar acá, trabajando”.

Al que estoy dándole un libro, me hago cargo de decir “vamos a pelear por las políticas inclusivas”. Las nuevas políticas del Ministerio de Educación es volver a dar manuales a las escuelas, cuando la política de la gestión anterior fue dar libros a las escuelas. La política del manual es cerrada. El ministro de Cultura es CEO de Santillana, ¿qué manual va a llegar al aula? Contra eso hay que revelarse, hay que hacer que “la Patria es el otro” tenga un significado real, no importa qué bandera tengamos. Todos tenemos que estar hablando y discutiendo de política. Yo reclamo la dotación de libros al gobierno que sea, los tres niveles tienen que estar trabajando por esto. La grieta abrió un campo del cinismo y creo que con eso no vamos a ningún lado. Todos me decían que iba a haber gente que se aproveche, pero si pienso eso le estoy restando la oportunidad a ese uno que no vino a aprovecharse. Hay que resignificar esas palabras que se vaciaron, que se usaron como armas, para mí los relatos tienen peso, tienen validez y “la Patria es el otro” tiene el significado de que es el otro que estaba parado enfrente de mí cuando le di el libro. El otro necesita que lo escuchen, que uno esté ahí para ellos. Es lo que me pasa con mis alumnos, cuando voy les digo que estoy para ellos, no estoy pensando en el celular ni a cumplir un horario. Y ese gesto lo puede replicar un verdulero separando verduras para alguien que no tiene, poniéndole un poco más en la bolsa. Todos podemos hacer un poquito. La bandera partidaria son intereses que son espurios. La discusión política es real, es qué queremos para el país de nuestros hijos. Yo quiero que mis hijos crezcan en un país que sea más justo, que no tengan a su conciudadano analfabeto porque no tiene un libro.

2019

Ahora, hace un par de semanas, le pedí -al igual que a las demás brujas bucaneras de mi equipo- que me contara qué libro le había hecho estallar la cabeza en estos últimos tiempos y por qué lo recomendaría. Y da que Vale nombra un libro, uno solo, sin dudas, que leyó hace un tiempo y estalló dentro de ella, le movió la estantería y la impulsó -ni más ni menos que- a regalar su biblioteca completa, sí, lo que mostraba recién más arriba. “¡La culpa es de Sepúlveda!”, dijo, y me contó toda la historia que comparto a continuación, sin mover ni una coma, tan lindo que es leerla.

“Un viejo que leía novelas de amor”, de Luis Sepúlveda.

¡La culpa es de Sepúlveda!

por Vale Daveloza

Siempre me gustaron los libros. De chica aprendí que funcionan muy bien como refugio, para espantar indeseables y para conocer mucho y más sobre cosas que no me hubiera imaginado jamás.

De grande estudié Letras y desarrollé el placer de la búsqueda del tesoro: bucear en las estanterías de usados y también disponer el aguinaldo entero en algún ejemplar de Cátedra, edición bilingüe con estudio crítico incluido. Mi biblioteca creció, creció y creció. Mucho de mi salario se iba (se va) en libros. Así llegué a tener un orgullo personal, íntimo y también social. Soy de las que se ufanan con sus libros. Tengo ediciones raras, muchos libros en francés, una colección de libros albúm que es un primor. Soy una “Nannis” de las librerías. Si me gusta, lo compro.

También soy de las que entienden lo absurdo e injusto de la acumulación de capitales. Para mí, que alguien tenga un collar de oro y rubíes y otro ser humano no pueda comer es vergonzoso, inmoral. Sean tierras, dinero o poder, la acumulación es un crimen de lesa humanidad. Trato de militar las causas que me parecen justas y odio el sistema capitalista de acumulación y consumo. Pero siempre lo relacioné con otros bienes. Los libros son… eran, otra cosa.

Una vez, de puro tarro, buceando en los usados, me encuentro con un libro de Luis Sepúlveda, se llamaba Un viejo que leía novelas de amor. Porque no había leído nada de él, porque me llamó la atención el título, porque era chiquito y parecía inofensivo, lo compré. En breve, trata de Antonio, quien vive en la selva amazónica, muy cerca de la población Shuar. El viejo entiende la selva, sus leyes, conoce y respeta cada rincón. Y lee. Lee novelas de amor. Pero para saber qué era lo que le gustaba, pasó días en la selva cazando pájaros y monitos para pagarse un pasaje al pueblo y leer los 15 libros que tenía la maestra.

Lo empecé a leer de nochecita. A las tres de la mañana estaba desvelada, no podía dejar de leer, pero además estaba muy inquieta. Una convicción, fulminante como un rayo me había atravesado: Hay gente que no accede a eso que para mí es vital y cotidiano. Tener un libro en algunos lugares es un artículo de lujo. Pero la cultura no es un lujo. Yo sé en carne propia, lo que es la sed de leer, lo necesario que es encontrarse con otros, tejer una red de relaciones y pensamientos más grande que uno, conversar con gente muerta hace mucho tiempo o con personas del otro lado del globo.

La revelación llegó con la fuerza de mi vergüenza: Yo acumulaba libros. Los leo, los comento, los presto, los disfruto, pero después van a morir a un estante. Y eso era inconcebible ¡Yo era una incoherente! No podía seguir así. Armé un mensajito de Whatsapp y lo hice circular con un única idea mis libros se ponen a disposición de quien quiera, en el espacio público. Siempre se pueden dar a una biblioteca, pero quien va a una, ya sabe el camino. Yo quería que llegaran a quienes habitualmente no llegan. A la gente en la cola del colectivo, a los laburantes que van a la construcción y a los vendedores callejeros que andan por ahí.

El sábado 11 de marzo de 2017 puse a disposición mi biblioteca, en casa quedaron los de laburo, los de mis hijos y compañero, los que aún no había leído. Se sumaron amigues de fierro  que regalaron los suyos. Al final, no puedo saber cuántos libros se ofrecieron ese día.

Me hablaron mucho  mi generosidad, pero para mí, es un acto de coherencia. No sé como hubiera podido vivir conmigo misma después de saber que yo tenía demasiado de lo que a muchos les falta. Y así entendí que el acceso libre e irrestricto a la cultura es un derecho humano. Como dice Ediciones Malasaña: El arte es un bien social, no una propiedad privada.

¡Larga vida al compartir cultura!

Parada frente a la biblioteca ¿hubo algún libro que dijiste “este no”?
-Sí, hubo algunos que no los pude dejar ir, son mis libros de laburo. Trabajo en la facu, en terciario y en secundario y hay libros que hago circular entre mis alumnos, soy especialista en Literatura infantil y juvenil ; hay libros que leen mis hijos que no se tocaron; libros de teorías que son de consulta permanente; pero se fueron libros que quise mucho y que tuve que abrazar y decir “¡qué bien que la pasamos!” como “Memorias impuras” de Liliana Bodoc, “Los manchados” de la Tere Andruetto, “Farenheit” de Bradbury, “1984”… son libros que los dejo ir porque son unos librazos de la hostia. Se fueron con alegría.

Vale Daveloza

Vale es profesora de Letras Modernas (UNC), en la facultad está en la cátedra de Enseñanza de la literatura es la última materia del profesorado. En el secundario, da clases en segundo y en tercero. Es docente de pies a cabeza, la he escuchando autonombrarse como “la vieja de Lengua” más de una vez. Intuyo que debe ser esas “viejas de lengua” que a todos los que nos gusta leer nos hubiera encantado tener de profe.

En aquella oportunidad de la entrevista en 2017 le pregunté qué opinaba de una frase que andaba dando vueltas por las redes por esos días de que “la escuela debía ser el lugar donde los chicos aprendieran qué es lo que los hace felices”.

Vale contestaba esto: “Totalmente de acuerdo. Una práctica típica de los profesores de Lengua y Literatura es una novela para todos cuando tenés 45 pibes en el aula. Es bastante violento si esa sola novela la vas  a trabajar con un cuestionario donde nunca entra lo que le pasó al lector. Yo propongo ejes de lecturas: uno de los ejes se llama “Los otros y yo” y son siete novelas donde se habla del encuentro de culturas, entre ellos está ‘La saga de los confines’ de Liliana Bodoc, ‘El rastro de la serpiente’ de Laura Escudero, ‘El país de Juan’ de la Tere Andruetto, donde “los otros” son diversos: la conquista, la dictadura, son ejes que nos van atravesando. Cada lector tiene que encontrarse. Ellos eligen y después trabajan en grupos según qué libros eligieron. Tenés que elegir qué tipo de lector sos, y si te voy cerrando las puertas no hay forma de que te descubras”.

 

¡Gracias querida Vale por ser cómplice siempre! Qué linda mañana inventaste aquella vez en la plaza y qué lindo compartir ahora este proyecto como brujas bucaneras cómplices.