Regalo de Navidad

Convido un cuento para el cambio de año. Dedicado a mi hermana Nadia. 

Para Nadia, mensajera de la magia.

Tenía diez cuando me regalaron el anillo. Era una simple sortija de plata, o tal vez de alpaca, o algún otro común metal plateado. Tenía una piedrita diamantada en uno de los bordes. Clara, prístina, casi translúcida, recortada irregular, brontando de un capullo de cuatro pétalos metálicos.
La estudié por horas, días, meses. Sacaba el anillo de mi dedo y lo apresaba entre mis pulgares e índices, lo acercaba mucho a mis ojos, que en esa época funcionaban bien, desprovistos de anteojos, y empezaba a explorar.
Movía mis manos con cuidado, milimétricamente, buscaba, buscaba atentamente más allá del anillo. Recorría habitaciones, rincones de la casa, descansos de escaleras, ventanas, ventiluces esmerilados, patios, rayos de sol escapados de las cortinas de algún verano. Y buscaba sin descanso.

Cada tanto llegaba. Un arcoíris, pequeñísimo y potente nacía y atravesaba la piedrita adiamantada del anillo. Se estiraba en vertical y crecía hasta iluminar todo el largo de mi vista cruzada en cierta posición. Entonces me quedaba inmóvil. Apoyaba los codos en mis rodillas buscando un apoyo cómodo y cuando lo hallaba me zambullía en los intensos colores.

Ese anillo era mi portal. A un mundo de magia y juego. Viví mucha infancia feliz al resguardo de ese arcoíris. Había que buscarlo con persistencia e imaginación pero dentro ese anillo, incondicionalmente, siempre volvía. Por años. Sin embargo un día lo perdí. Quedó solo un recuerdo de colores cobijado en el adentro.

Tengo cuarenta y mi regalo de Navidad es un artilugio bello. Con flores metálicas cuyos centros son pequeñas piedritas diamantadas de colores. En un impulso lo acerco a mis ojos y busco a través de la luz, de los años, de la magia y del recuerdo.
Asoma un arcoíris desenfocado pero de colores intensos. No quiero moverme pero todavía no está en foco. Necesito buscar un mejor lugar, para que se enfoque, se estire y crezca. Tal vez la ventana del balcón, o la luz de la terraza en el rincón de las plantas por la mañana. Me asusta pensar que la edad me juegue en contra, que los anteojos no ayuden.

Tengo miedo de no saber qué hacer cuando el portal finalmente se abra, invitándome a jugar. Pero este cachivache nuevo guarda un secreto, lo presiento. Tal vez adentro, incondicionalmente, me espera. Lo acerco a mis ojos una vez más.

Barbi Couto, 31/12/2017