El abrazo imposible

El borrador de este relato es del 17 de mayo de 2016. Hoy lo edité y lo comparto.  Dedicado a mi querida abue, por supuesto.


No sé cómo llegué ahí. Aparecí de pronto. Era la antecámara del baño, en el piso de arriba de la casa de mi abuela. Tal vez salí de la pieza, atravesé el estar donde alguna vez estuvieron mis bibliotecas de algarrobo y entré en la antesala. No lo sé, yo solo me sentí aparecer frente a los espejos infinitos. Me vi preguntarme a mí misma qué edad tendría, busqué en los reflejos a una mujer de pelo corto mirándose buscar el rostro de una adolescente regordeta. No alcancé a comprobarlo. Sentí el ruido de la escalera, el inconfundible crujido de los tablones que sobrevive todas las épocas, los habitantes y los años. Alguien subía, y rápido. Me di vuelta, seguía pensando en el tiempo, en cómo…, en cuándo…, en dónde estaba, mientras la vi llegar. Ágil, joven, sin arrugas, con su batón naranja floreado. Había subido la escalera de un tirón. Me vio, como si no esperara encontrarme en ese momento y ese lugar particular, pero sin sorprenderse especialmente. La vi, y la sonrisa se me aflojó desde adentro. Me abalancé a encontrarla, mientras la mente trabajaba en una incógnita sin sentido. Nunca fue ella tan joven mientras yo era una mujer, cómo había subido tan ágilmente la escalera si en sus últimos años usaba andador, pero ¿cómo? (mientras apoyaba mi cabeza en el hueco de su cuello y apretaba el abrazo) ¡¿cómo?! podía ser que esa hermosa y enorme mujer usara andador, dónde estaban las arrugas infinitas y el pelo gris en ese abrazo fuerte que me cobijaba a su misma altura. ¿A quién abrazaba? ¿o cuándo…, cuándo era que nos abrazábamos las dos?


Éramos ambas mujeres, ella mayor que yo, pero joven, en las habitaciones de mi adolescencia, llena de recuerdos de hace años, pero esto es ahora y ella dice:
—Gracias por venir.
—No, no, no —digo yo, sin soltarla, alejando un poco la cara, para verla a los ojos— gracias a vos por venir abue. Y la abrazo otra vez.
Es curioso, porque ella tiene puesto un batón floreado de verano, pero el abrazo es de lana, abrigado, amoroso. Dura un rato. Feliz. Hay una cámara que rodea  la escena, para estar seguras de no olvidarla. Y el momento pasó.


Ella salió a la terraza, seguro que a descolgar la ropa. Me asomé pero como vi que seguía en sus cosas volví a entrar. Me detuve en la biblioteca, curioseando, reconociendo el lugar. Ella se fue sin que lo notara. Me dio sueño, así que entré a la pieza y me recosté hecha un bollo sobre las colchas. Sin abrir los ojos me reconocí despierta. O en algún punto intermedio. En ese lugar entre el estar dormido y despierto. Supe que las colchas no eran tales, eran el sillón de mi casa. Me di cuenta que acababa de hacer un viaje imposible. Esta mañana, después del café y de leer unas poesías de la querida Laura, acurrucada en el sillón, en ese sueño que no es tal porque es estar dormido y despierto a la vez… esta mañana, abracé a mi abuela.

(El borrador de este relato es del 17/05/2016)

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Alguna vez reseñaré estos libros. Cada uno de ellos abre un sendero en mi camino lector que viene o va hasta mi querida abuela.
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Poema del libro “Para que sepan de mí” de Laura Devetach, Calibroscopio, 2016
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Mi abue, en una foto de mi adolescencia.
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Luis Paredes me obsequió con esta bellísima ilustración, inspirado por mi relato. ¡¡Gracias gracias gracias gracias gracias gracias!!