No molestar, estoy fabricando un recuerdo

Me llevó varios meses leer un fantástico libro que me regalaron para mi cumpleaños en agosto pasado. No encontraba el tiempo, entonces cada vez que me sentaba a leer, quería tener fresca cada oración y lo empezaba de nuevo directamente. Me despertó paisajes y asociaciones personales y familiares tan vívidas que me puse a escribir. Este es uno de los relatos, se los comparto, ojalá les guste.

No es que me acuerde de verdad de esos días apretados. Es que papá sacaba fotos todo el tiempo, lo hizo siempre y lo sigue haciendo. Hay que amansar la memoria, dice papá, domesticarla. Si uno la deja sola, la memoria se pone salvaje, cambia las cosas, las exagera o las esconde. No sé si tiene razón. Pero cuando nos distraemos, cada uno termina recordando cosas diferentes.
Claro que las fotos se acuerdan de ciertas partes, y de otras no.

(Vania y los planetas, Eduardo Abel Gimenez, Edelvives 2014)

Toda mi vida he tenido muy mala memoria. Es cuestión de un par de años para que olvide por completo escenas de mi vida. Escenas importantes. Las irrelevantes se van en meses, semanas o incluso a veces unos pocos días. Sin ir más allá, me ha ocurrido de no recordar cosas que hice hace solo un momento. El sistema de archivo de mis recuerdos es patético. Evidentemente vivo un momento, mi memoria lo rotula como recuerdo y lo tira por ahí, en algún rincón, que jamás seré capaz de encontrar y por tanto, recordar.

Descubrí esto en ese punto de la vida en el que uno quiere mirar atrás y encontrar algo. No sé bien cuál fue ese punto. Supongo que tenés que tener varios años encima como para que se vuelva importante no solo mirar hacia adelante, sino también para atrás. Solo sé que llegó el momento en que quise recordar el jardín de infantes y no había nada allí. La primaria, un vacío oscuro. Recuerdos de mis papás o abuelos abrazándome fuerte-fuerte o estrujándome los cachetes siendo chiquita… nada. Hago un gran esfuerzo por recordar escenas de mis tres, cuatro años y me veo con flequillo y ojos grandes, jugando con un teléfono de juguete, rojo y azul tal vez, de esos con un tubo cónico que se colgaba del aparato y una rueda en la base para discar, con cable. Poco más, casi nada. Pero no tardo en darme cuenta que no es un recuerdo propio, es una fotografía, si buceo en los álbumes de fotos familiares la voy a encontrar. Por eso me veo a mí misma. En los recuerdos, los recuerdos posta, uno no se ve a sí mismo. Ve lo que estaba haciendo, o con quien estaba, o un paisaje, pero no se ve uno mismo. Eso solo pasa en las fotos, o en los sueños.

Insisto un poco más. Encuentro algo. Mi maestra de jardín desenmarañando un lío de yoyó que yo le alcancé, de esos de los ochenta, que eran una especie de plástico retorcido que se enroscaba sobre sí mismo. Ella seguía charlando con la maestra del otro grado, sin mirarme, sin prestar ninguna atención a mi presencia, callada, a su lado, mirándola desde abajo, preocupada por el destino de mi yoyó. Sus dedos movían las ruedas, giraban los nudos, destejían el lío sin ningún entusiasmo, sin ningún interés. Es un recuerdo propio, no hay fotos allí. Ese es mi pasado contándome todo lo que significó en mi vida el paso por sala de cinco, al menos, eso es lo único que puedo recordar, así que intuyo es lo único que existió.

Encuentro algo más, esta vez de segundo grado. Seguían siendo los ochenta y cada dos por tres había paro, de todo tipo, entre ellos, de transporte. Cuando había paro de transporte las maestras iban igual a clase, pero éramos 4 o 5 en todo el ciclo de la tarde, las que vivíamos cerca. Cuatro o cinco en toda la escuela, en todísimo el patio, en las aulas con cincuenta bancos. Recuerdo el recreo vacío jugando al viejito con todo el patio para correr. O las tardes de cartas y tutifruti en clases de recreo sostenido. Otra vez, no hay fotos ahí, esa fue mi primaria hasta tercer grado.

De mi vida familiar tengo en cambio muchísimos recuerdos, sábados de fueguitos serranos, picnics en ciudad universitaria, almuerzos familiares, documentados por montones de fotos. Las fotos posadas, en las que varios miramos cámara y sonreímos, me ayudan entonces a encontrar miles de recuerdos cerca, asociación libre y mi pasado de vaqueros y pullóveres de ochos tejidos vuelve en un instante, desordenado pero presente. La pavita de acero inoxidable de la canasta que mi papá no sacó del baúl del auto por décadas. Los vasos plásticos de esa misma canasta (el mío era el verde). La lona que usábamos para sentarnos a merendar. La soga de saltar en ciudad universitaria, donde corría y corría todo lo que no podía correr en el patio de baldosas en mi casa. Las moras de un árbol en una vereda de Carlos Paz, que juntábamos con mi abuela para las meriendas de ciertas vacaciones. Los “plumeritos” que adornan todo el viaje a las Altas Cumbres al costado de la ruta y que mi mamá le pedía a mi papá que recogiera para ella. Un tronco lustroso de un árbol de plaza Colón, donde viajé a tantos pero tantos mundos imaginarios. La memoria fluyendo libre gracias a unas cuantas fotografías amarronadas. No importa que no las esté mirando. El recuerdo de ese álbum de fotos despierta mi memoria, no permite que esos momentos derrapen en el olvido.

En séptimo grado mi mamá me regaló una Kodak vieja de ella, sacaba unas fotos cuadraditas hermosas. Y ahí debe ser que empecé mi colección personal de recuerdos, fabricados por mí misma. Y ya no paré. Pronto cambié por una Kodak más moderna, aunque cuando entré a Comunicación no perdí oportunidad de pedirle a mi mamá prestada una Olympus que sacaba medio cuadro y hacía rendir el rollo el doble. Cursando Fotografía me prestaron una Reflex manual (creo que era una Pentax) hasta que pude comprar la mía: una Canon EOS 500 N. Jamás fui tan feliz. Tengo una caja de zapatos llena de fotos de los mejores momentos de esas épocas, ordenadas por fecha y todo. Algunos años después del 2000 me regalaron mi querida Konica Minolta, una cosita hermosa, que parece una nave espacial, semiprofesional, con un zoom óptimo excelente y ¡DI-GI-TAL! Fue en ese momento que la fábrica de recuerdos pasó a un nuevo nivel. He llegado a sacar 600 fotos en un fin de semana, buscando ángulos, colores, primeros planos, el retrato ideal, el brillo, la expresión. He llegado a vivir momentos mirados a través del visor. Viajes enteros cronicados cuadro a cuadro a través de la cámara. Pero hay un problema, los mejores recuerdos de la vida no pueden ser fotografiados, las miradas enamoradas, los abrazos apretados, se modifican, mutan, se transforman en una postal si uno intenta retratarlos.

Es por eso que me vi obligada a perfeccionar el método. Como cuando uno juega al tetris mucho tiempo, y después de alejarse del juego aún ve piezas caer y acomodarse solas dentro de la cabeza, bueno, igual. Cuando no tengo la cámara frente a mis ojos igual veo los encuadres y composiciones fotográficas de lo que sea que estoy mirando. Y cuando es el momento preciso, activo  un sensor automático de este-momento-sería-un-recuerdo-fantástico y enciendo la fábrica. Como cuando nació mi hija, que me la pusieron en la panza y me di cuenta que era el momento de prender la cámara interna. Entonces la miré, miré, miré y miré, hasta que grabé a fuego en mi retina ese pequeño rostro para poder reconocer sus ojos entre los de todos los bebés del mundo. O cuando leemos en familia el cuento de antes de dormir, amontonados sobre la alfombra, mientras mi hija mayor interrumpe adelantando la historia o la menor se me sube por la espalda para mirar la ilustración más de cerca y en un instante, el sensor se activa, la escena queda momentáneamente en pausa, prendo la cámara interna y fabrico el recuerdo. Sigo teniendo muy mala memoria y un sistema de archivo de recuerdos pésimo, pero las composiciones importantes, esas que abrigan el alma, vuelven como dejavús cada vez que las necesito. Será que ahora tengo que considerar ampliar la fábrica y dotarla de un buen depósito.